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martes, 16 de mayo de 2017

Encarna


Yo tenía una bisabuela pelirroja y pequeñita que se llamaba Encarna. Pero esa es otra historia. 



      En 1920 Encarna tenía 16 años, el pelo rojo y el cuerpo lleno de pecas, tantas que cuando no podía dormir, se entretenía en contarlas y poco a poco un sueño dulce se la llevaba a Francia, donde una vecina se había ido a vivir y a servir. Una nena "pinta la rama" como sus hermanas, Visi y Piedad. 
    Ya no iba a la escuela: sabía leer y escribir y era buena haciendo sumas y restas. Pero Angelina, su madre, quería que tuviera una profesión y como en la escuela del pueblo la maestra no se había esmerado en la costura, decidió mandarla a Mieres a coser con doña Berta, que daba clases a niñas y jovencitas en edad casadera, de punto de cruz, de flores rococó,  y aprendían a cortar patrones muy modernos, que traía una hija de Bilbao.
      Cada tarde, después de comer, cogía su labor y bajaba la cuesta en dirección a la villa. A veces, Visi iba con ella, porque tenía que hacer algún recado y atajaban por los prados, saludando vecinos que cuidaban el ganado... Cuando llegaban al barrio del Carmen se despedían y Encarna corría hasta casa de doña Berta, porque siempre llegaba tarde y la buena mujer, aunque paciente, la regañaba; pero poquito, porque era una alumna aplicada, que aprendía rápido y a la que de vez en cuando, le regalaba algún retal para que pudiera hacerse una blusa o una falda nueva.
Una de esas tardes, la clase de la modista acabó antes, porque doña Berta tenía que ir sin falta a un entierro. Y Encarna se encontró con tiempo y ganas de pasear. Bajó despacito la calle hasta el parque, que estaba lleno de gente sentada en los bancos y disfrutando del sol de un otoño que se estaba acabando. Se sentó junto a la fuente de los patos a disfrutar de su tarde y allí se le presentó el amor, con pelo negro, ojos oscuros, muy delgado, muy alto, muy enigmático y con una sonrisa tan perfecta, que Encarna, que había leído alguna novela de amor cuando su madre no la veía,  supo que ya no iba a dormir a pierna suelta nunca más.
    El resto del otoño y parte del invierno siguió bajando a las clases de doña Berta. Aprendió a coser con esmero, con puntada pequeña y puntada invisible, como invisibles fueron sus sentimientos en casa. Angelina la miraba de reojo, como miran las madres cuando huelen peligro; y a escondidas les encargaba a Visi o a Piedad que se enteraran de por qué su niña pequeña no miraba ya de frente, por qué pasaba horas ensimismada, por qué estaba tan pálida, tan ojerosa… 
    Pero Visi y Piedad, antes que hijas se sintieron hermanas y lloraron con desesperación al ver cómo Encarna esperaba tarde tras tarde a aquel que ya no volvió. El novio de Piedad, en la ferretería, entre tornillos y clavos, se enteró meses después de que había embarcado en Ferrol camino de otra vida.
    Y mientras tanto, Encarna enfrentó su suerte y su desdicha,la primera reacción de Angelina,  las habladurías de la familia, de los vecinos de siempre, con la frente alta y la barriga enorme. Dejó de bajar a Mieres y cosió en el patio de su casa toda la canastilla de su niña, que nació morena y menuda y no vio llorar a su madre nunca.

jueves, 4 de mayo de 2017

FAUNA DE ASFALTO


     Estaba pensando yo, que este próximo verano le dedico unas líneas a la fauna de playa, porque es rica en especímenes y divertida un rato.
     Pero hay animales "pa rato" en mi "día diario" a los que analizar. Y es que hay momentos en los que de golpe y porrazo te encuentras con un espécimen y te dices: uff, esto tengo que contarlo. Así que, al asunto. 
      Estaba esta menda una tarde de estas haciéndose las uñas tan ricamente en un centro de belleza divino que hay cerca de mi casa. Es un sitio pequeñito,  con jefa y empleada, con buen rollo, música de fondo muy suave y el olor rico que dejan los potingues hechos con productos naturales y los esmaltes de colores. Es uno de esos sitios donde te relajas y te dejas mimar un ratillo, que de eso se trata esto de arreglarse cabelleras, pintarse manos y hacerse pies,  expresión a la  que no puedo dejar de dar vueltas.
       Pues eso. Que allí estaba yo relajándome de una tarde de locos, cuando se abre la puerta y asoman dos cabezas teñidas de moreno: una de melena lisa quemada a base de plancha diaria y otra que publicitaba alguna laca espesa y casposa. Los cuerpos a juego con los pelos: la primera flaca; la segunda seca. Y los cerebros... gensanta! 
       Moviendo melena y mano de forma ostentosa, preguntaron por la dueña, reconocida profesional de la chapa y pintura facial, que en ese momento no estaba. Y mientras esperaban no creo que cinco minutos, amenazaban con irse porque nadie miraba para ellas, eructaban tonterías y criticaban a la profesional que esperaban, a la que no conocían y a la que iban a ver por voluntad propia. 
      La hija, llamémosla Mariana, insinuaba que la susodicha dueña, alias maquilladora, la iba a pintar como una puerta( pa qué vas, alma de cántaro, si tanto miedo te da...?) ; la madre, digámosla Carlota, rebuznaba sobre lo que sería capaz de hacer una maquilladora de aquí,de provincias,  acostumbradas ambas al mejor de los Madriles( y tú pa qué no te quedas allí y te dejas de monsergas?)
       Yo no salía de mi asombro. Podía ser simplemente que me había perdido algo. Pero no. No conocían el local ni a la dueña. Iban siguiendo la recomendación de una supuesta amiga y asidua cliente del garito en cuestión.A voz en grito, ronca y cargada de acento pijotesco, pusieron de vuelta y media a quien no habían visto nunca.
       Mira que me gustan a mí las pijas, no me digas por qué. Me gusta imitar su acento, me encanta su frivolidad, su falta de todo y el orgullo con el que llevan a gala la nada, pero éstas...qué despilfarro de idiotez en sólo dos cuerpos, qué falta de glamour en dos que pretendían ser estupendas. Qué ascazo de momento!Que ni pelazo tenían!
      En fin, que no vengo yo aquí a darle a la moraleja. Que es fauna urbana y la hay taaaaaaan variada...

jueves, 27 de abril de 2017

Me acuerdo....

       Para los desmemoriados como yo, recordar es un lujo. La vida se va llenando de pasado y los recuerdos son tesoros. Entre otras imágenes,  me vienen estas. Hay más,  pero me las reservo.😊





 • Me acuerdo del día que murió mi bisabuela Aniceta. La velaron en casa y los niños, que no teníamos con quién quedarnos, estábamos en la cocina, con órdenes claras: nada de ruido y sin salir. Nos dieron para merendar una caja de galletas de esas de dos pisos, que sólo se abrían en ocasiones especiales, que contenían barquillos de chocolate envueltos en papel de colores brillante, por las que nos peleábamos todos, dejando las que no tenían ninguna gracia para el último que llegara y haciendo trampa con la capa de abajo, aunque teníamos prohibido empezar la segunda hasta que no hubiésemos acabado la superior. 
• Me acuerdo de los bocadillos de pan untado con mantequilla y espolvoreado de chocolate de La Herminia rallado encima. 
 • Me acuerdo de unas katiuskas rojas y un paraguas transparente con forma de hongo. Me acuerdo de seguir los pasos de mi madre.
 • Me acuerdo de cenar a la luz del camping-gas y las velas, porque se iba la luz. 
• Me acuerdo de la capota de mi vestido de comunión. Yo quería llevar diadema como las demás. 
 • Me acuerdo de hacer merienda- cena los domingos de verano en la Pista Mundín, a la entrada de mi pueblo. Esperábamos toda la semana por la tortilla de patata y  el pulpo a la gallega de Fina. Y después nos dedicábamos a buscar la tortuga del caparazón pintado con cuadraditos de colores que se escondía entre los setos y las flores. 
• Me acuerdo de llenar una bolsa de saltamontes para metérselos en la tienda a Lidia, porque era una petarda: tan chivata, con tantos aires de grandeza... 
• Me acuerdo de mi primera declaración de amor: un corazón de tiza y dos iniciales pintado frente al portal de mi casa. 
 • Me acuerdo del orgullo del hermano Félix cuando gané mi primer concurso de cuentos.
 • Me acuerdo de George Rooper. Era un canario que cantaba, como los ángeles, o los canarios, pero a todas horas. Mi madre lo tapaba con un trapo de cocina cuando ya no lo aguantaba más. Un año se lo dejamos a mi tía para irnos de vacaciones y nunca más volvió a cantar con aquella insistencia. Por más que interrogamos a mi tía, ella nunca confesó lo que le había hecho al pobre pájaro. Una mañana apareció patas arriba en aquella jaula de la que colgaban hojas de lechuga. Le hicimos una caja de papel con su epitafio y todo. LLegado el momento de acabar con los restos del finado, mi madre decidió, con su practicidad habitual, que lo más higiénico era una rápida incineración. Abrió la cocina de carbón. 
• Me acuerdo de la tila en la cafetería cercana al antiguo conservatorio antes del examen de piano y del helado en Los Italianos después. Solas mi madre y yo. 
• Me acuerdo de leer tebeos de Esther, como las mayores,  en la minúscula biblioteca que había entonces cerca de mi casa.  Me acuerdo de imaginarme qué les pasaba a Esther, a Rita, a Juanito. 
• Me acuerdo de las voces de la hermana Mari Luz, gritando nuestros nombres desde el piso de arriba, cuando en lugar de tocar una partitura de Bach, intentábamos sacar la música de alguna canción de moda. 
• Me acuerdo de los chicles de canela. 
•Me acuerdo de un cuento que le contaba a mi prima. Trataba de una hormiga a la que le pasaba de todo. En el trayecto de Perlora a Candás, los domingos de verano, le narraba por capítulos las peripecias del pobre bicho.
 • Me acuerdo del olor del coche tras un día de playa. Tras el último baño nos vestíamos y poníamos las chaquetas; de la nevera portátil y el capazo de paja salía siempre algo para merendar y emprendíamos la vuelta, que a veces, con las caravanas se hacía eterna . Estábamos cansados y en el coche hacía calor. Olía a tabaco, a manzanas que mi padre siempre dejaba para ahuyentar malos olores y que acababan olvidadas y podres, a algún ambientador con forma de pino. 

lunes, 24 de abril de 2017

Milines

   

     En las ciudades,  dicen algunos, que no se lleva lo de los vecinos.  Dicen los mismos que es cosa de pueblos y de antes. Puede ser.
    Criada en pueblo, dejábamos la puerta abierta de casa desde que llamábamos al timbre hasta que llegábamos arriba, sin miedo a intrusos; merendábamos si hacía falta en casa de Rosario y Aurelio, los vecinos de puerta, cuando en casa se iban a algún recado urgente; gritábamos desde la calle: "Mamá,  tiranos el bocadillo, o la goma de saltar, o la chaqueta"; pedíamos azúcar y sal, pero también sillas en Navidad, una niñera ante una emergencia y si hacía falta cama para familia llegada de las Américas. 
       Pero en la ciudad, o al menos en algunos barrios de tiendas pequeñas y bares conocidos donde dejar recados, también con suerte, se encuentran vecinos. Y por eso hoy, le hago un pequeño homenaje a la mujer del noveno, a Emilia, o Milines, como ella prefería. 
       
      Conocimos a Milines al poco de llegar aquí y nos ganó con su forma de ver la vida. Siempre sonriente,  con un piropo preparado, una caricia para niños y perro y una risa contagiosa y cantarina,  la adoptamos o más bien nos adoptó.
     Milines, que había regentado durante años una librería del barrio,  hablaba conmigo en el portal, o en la acera,  de sus lecturas y sus escritos. Adoraba escribir poesía y seguía a rajatabla el rito semanal de cartearse con sus hermanos, a los que siempre tenía en mente. 
     Un día aproveché para pedirle que les escribiera una carta al grupo de 1° ESO que tenía aquel curso. Ella les contaría algo de su vida, ellos verían cómo se redactaba una carta de verdad y yo haría práctica una enseñanza teórica. Y dicho y hecho: les envió una carta con su letra llena de rizos, su caligrafía primorosa de hija de maestro y de una época en la que la letra se cuidaba con mimo. Ellos le contestaron y ella agradeció sus cartas como un tesoro.
     Así siguieron una serie de cartas que me convertían a mí en receptora de su vida, de sus temores y sus penas y alegrías.  Milines sentía la misma necesidad que tenemos otros de escribir y lo hacía por carta, no por blog, ni por FB, ni nada así,  sino a mano y echándole tiempo y tinta.

     Hace un tiempo, alguien que sabe mucho de escribir y que lo hace rebonico,  pidió un escrito con unas características y me vino a la mente Milines. Con todo el cariño del mundo y haciendo literaria  ( o al menos intentándolo) una vida, el resultado fue el siguiente.

       Mi vecina tiene 93 años y es muy menuda, en toda la extensión del término. Camina con gracia, ligera aún para sus años. El pelo corto, “a lo garçon, hija” como ella dice, porque así se lo cortó la sobrina de una amiga de la parroquia, cuando le dijo que lo quería como  la Audrey en sus tiempos mozos. Blanco, totalmente cano, ese color que embellece y resulta elegante en las mujeres de edad. A pesar de los años, no necesita para todo gafas, aunque sí para leer y revisar facturas, así que es habitual verla con unos lentes pequeños, de montura dorada, colgando de una cadenita metálica. Según han ido pasando los años ha ido dedicándole menos tiempo a la lectura, porque necesita un atril en el que sujetar el libro, pues tiene mal las cervicales y ya sólo puede disfrutar de la lectura de sus novelas en casa. No como antes, que siempre salía con un libro en la bolsa de malla y se sentaba en el parque a vivir otras vidas, o en un banco frente al mar si el tiempo la acompañaba.
       Viste de negro, de gris, algún toque de blanco y morado. Lleva luto desde hace bastantes años, en su indumentaria, pero no en su alma. Es coqueta y siempre adorna su vestimenta con algún detalle, un cinturón que ha resistido décadas en algún cajón de la cómoda; una cadena de oro de la que cuelga según el día un crucifijo, una medalla de la Virgen Niña que la acompaña desde su ya lejana Primera Comunión, un relicario con dos fotos; un broche con forma de mariposa, que siempre le han gustado los seres etéreos, como ella; un pañuelo de seda que heredó de su madre y se trajo del pueblo cuando ella y sus hermanos deshicieron la casa familiar.
      Llevaba pocos días viviendo aquí, cuando me crucé con ella en el portal por primera vez. Yo intentaba mantener la puerta de cristal y hierro abierta, haciendo equilibrios, para hacer pasar el carrito de mi hija, las bolsas de la compra, un paraguas mojado...sin perder la compostura;  y ella bajó  lo más rápido que pudo las escaleras para sostener una puerta pesada que se negaba a obedecer a las necesidades de una madre, que tras varios intentos había perdido la compostura famosa y el resuello. Recuerdo haber pensado que era realmente ágil a pesar de parecer que estaba a punto de romperse. Parecía flotar descendiendo aquellos seis escalones.
     En aquel primer intercambio comunicativo sólo me dio tiempo a decir gracias. Su voz de dicción clara, cantarina y alegre, que no se correspondía con aquel cuerpo pequeño y frágil,  me bombardeó con preguntas y reflexiones que estoy segura llevaba en parte preparadas tras tardes de soledad ;y en parte se le ocurrían sobre la marcha, porque como posteriormente descubriría, su lengua era rápida y la necesidad de cháchara que provoca el vivir solo, la llevaban a monologar descontroladamente cuando encontraba un interlocutor medianamente dispuesto a escucharla: cuánto tiempo lleváis aquí viviendo, cómo se llama la niña, y tú, tu marido que lo he visto varias veces pero no he dado tiempo a presentarme, tirar por esa silla, la familia lejos?, un buen barrio, los vecinos amables, algunos, las tardes en la parroquia, el perro, yo tenía uno pero él no quería  …
       Durante una década encontré muchas veces a mi vecina en situaciones similares. A veces, con mucha prisa, intentaba despacharla con cuatro frases, pero se resistía y según fueron aumentando sus confidencias, confiándome sus ideas, sus opiniones acerca del mundo, contando cómo era su vida, su familia, lo que quedaba de ella, aprendí a saborear esos momentos robados a la prisa. 
    Emilia de forma oficial, y Milines para el mundo es burgalesa de nacimiento y asturiana de corazón. Hija de un maestro de la República y de un ama de casa lectora que preparaba las clases de los chiquillos  sentada a la vera de su marido, Milines nació de la mano de una gemela idéntica, a la que un novio se llevó a Inglaterra y con la que se carteó todas y cada una de las semanas de los más de sesenta años que viven separadas. Milines nunca viajó a la tierra de “la inglesa”, como cariñosamente llama a esa hermana con la que comparte timbre de voz, corte de pelo y cuerpo menudo. Imagina esa tierra porque las cartas cuentan, describen, son largas, llenas de letras picudas y apretadas. Sueña con esa campiña que recrean las novelas que ella lee en su lengua y su hermana en la de Shakespeare y que luego comentan por escrito o por teléfono, una vez a la semana a la misma hora, sea como sea. Se han visto algunas veces tras la separación y los que las observamos vemos dos mujeres iguales, que visten de forma similar y ríen como los pájaros. Se acaban las frases mutuamente y dejan muchísimo sin decir porque son sus ojos los que hablan y en esas miradas no importan los acentos ni los años de lejanía.
    Milines conoció a su Alfonso en el pueblo. La cortejó varios meses  y pidió su mano a un padre ya preparado para tal evento porque la hija se había encargado de rogarle que consintiera , que ya estaba mayor para esperar, que necesitaba  hacer su vida aunque fuera lejos de las faldas maternas. Le recordó que su sueño de ser maestra no había podido ser y que en ella no había habido queja; le trajo a la memoria una vida modélica de hija servicial y dispuesta; le prometió estar cerca al primer llamado. Y cruzó el Negrón entusiasmada porque en su mente soñadora lo que la esperaba junto al mar iba a ser seguramente lo más parecido al cielo de su religión. Y así, la ciudad costera en la que acabará sus días se convirtió en su hogar y una librería de barrio en su día a día.
     Allí, en la trastienda del local atiborrada de papelería y a la sombra de un marido conservador, crió a Alfonsito como un niño mimado, fruto de un embarazo penoso. Aquel niño repeinado y pulcro se les fue poco a poco de las manos, entre caprichos y estudios. Milines esperaba  tanto de su pequeño que no vio llegar al adulto consentido y egoísta que bebía hasta el agua de los floreros, que disgustaba a aquella madre amorosa que se reprocharía siempre el no haber sabido hacerlo mejor, que sustraía dinero de una caja que no era boyante pero que daba para vivir.
Y así, durante años, aquella mujer que había querido vivir un sueño propio y que se conformaba con vivir de llamadas  telefónicas y letras, se vio dando que hablar en un barrio muy barrio, donde en las tiendas de toda la vida las miserias de un vecino se convertían en moneda de cambio, en chisme fresco con el que alimentar sobremesas. 
     La librería, de la que sólo se ocupaba cuando Alfonso se ponía enfermo, lo que en los últimos años había sido frecuente, le daba las alegrías que no le proporcionaba la vida familiar. Las horas muertas las pasaba leyendo textos que no leía delante de él, anotando frases que le llegaban dentro y que sumaban cuadernos de pauta que rellenaba con una letra barroca y apretada. Hablaba de libros con una maestra jubilada del barrio que le recomendaba lecturas, que a veces no tenía en inventario y que pedía a escondidas de aquel hombre bueno, pero débil de carácter, de espíritu, de salud. Escribía versos sin rima y comentaba películas viejas.
     Los ahorros de una vida se fueron perdiendo en desintoxicaciones, en alcohol barato, en vicios inconfesables y en enfermedades que pudrieron cuerpos y almas. De los dos. Sus dos Alfonsos fueron muriendo poco a poco y la dejaron viuda y madre huérfana en poco tiempo. Sin librería, sin dinero en la cartilla, sin ninguna ayuda.
     Y la Milines etérea se hizo más ligera si cabe. Gracias a sus amistades, cultivadas con mimo durante una vida de sonrisas, buen talante, piropos y caricias a todo aquel que la dejara acercarse, siguió viviendo en un piso que había perdido por las deudas, entre muebles viejos y trastos sin valor económico pero con todo el sentimental.
     Siguió escribiendo poemas, a su manera, y acumulando pensamientos, recuerdos, sueños en sus cuadernos rayados. Siguió yendo cada tarde a la parroquia a ayudar al que tenía aún menos que ella. Siguió saludando con voz cantarina a cada vecino del portal y del barrio. Siguió siendo coqueta como ella sólo sabe. Siguió hablándole al que quisiera escucharla de sus Alfonsos, de cómo la mala vida, los caprichos se habían llevado a uno; de cómo la debilidad, y la enfermedad se habían llevado al otro.
       En una década nunca la oí quejarse. Nunca. De nuestras parrafadas en la escalera, en la calle, a la puerta de su casa cuando le subía un libro o le pedía que me escribiera una carta para mis alumnos las dos sacábamos provecho. Ella conversación, eco a su voz, ver cómo alguien atesoraba todas sus historias. Yo optimismo, ganas de vivir, reconciliarme con la vejez, que no necesariamente es arisca, sino que puede ser dulce, alegre, positiva. 
      Milines vive desde hace un año y medio en una residencia. Sus piernas empezaron a flaquear y darle problemas. Vivir sola con el dolor físico se convirtió en algo más difícil que vivir con  la soledad y el dolor del corazón. Y tomó la decisión de irse a animar la vida de otros, a cuidar plantas que viven en cuartos de viejos, a contar historias y a escucharlas, a leer sus poemas al que quiera sentarse un rato a su vera. 

    Echo de menos la risa de Milines, su optimismo, su gana de vivir, el cariño que despedía. Sus palabras permanecen.

viernes, 21 de abril de 2017

Tardes de sábado




     Hay un café en Gijón que a pesar de los cambios que la vida le ha impuesto, sigue manteniendo ese encanto de café viejo. Un local de esos en los que a la consumición le acompañan un comestible y cháchara. A pesar del lavado de imagen que le han querido dar los nuevos regentes, siguen manteniendo entre sus clientes fijos a las personas de una cierta edad.
       Hay grupos de señoras con solera.  Gastan pintalabios grasos de color cereza y abultados peinados conseguidos con rulos prietos y laca; señoras de esas que cada sábado y domingo abren sus joyeros repujados y buscan un collar de perlas heredado o una pulsera que en su día fue regalo de un marido que las ha dejado viudas.  Consumen un café pequeño o si se estiran, un chocolate con churros, que a la hora oportuna, será su merienda-cena, ese concepto tan de antes, tan de siempre. Revuelven el azúcar con parsimonia, permitiéndose perder un tiempo que cuando eran más jóvenes les agobiaba. Y mientras giran la cucharilla una y otra vez, ponen en orden familias, propias y ajenas; critican a nueras y yernos que han llevado a sus hijos e hijas  por un camino distinto del que ellas dispusieron;planean semanas de médicos, de papeleos en ventanillas varias. La tarde para ellas es larga y el café se hace eterno mientras los camareros pululan a su alrededor esperando que dejen libre una mesa que ellas consideran de su propiedad, que para algo los años les han dado una buena dosis de desparpajo, a veces rayano en cara dura.
      Y también hay parejas. Las hay de jóvenes, que han quedado a medio tarde para que cunda más el sábado, que el amor cuando es temprano necesita más horas. Hay grupos de parejas, amigos que van quedando para ir organizando una tarde que se volverá noche, con cena y copa incluída.
     Y hay otras parejas. Llevan una vida juntos. Posiblemente salieron de las casas familiares, imberbes ellos y vírgenes ellas, para casarse de blanco y con traje estrecho, ante altares engalanados con flores frescas y tapetes de hilo bordados por solteronas consagradas a la casa parroquial. Tuvieron hijos rápido y se les echaron encima responsabilidades y preocupaciones, porque antes hacerse adulto era una obligación y no valían tonterías como esa de la adolescencia, que no deja de ser un invento de ahora. Eran pipiolos obligados a representar papeles de señores.
        Ahora se han quedado solos. Los niños ya  peinan canas y guerrean con sus propias criaturas y la casa se ha quedado silenciosa. Los armarios están vacíos de ropa y complementos de uso diario pero llenos de todo aquello que a los hijos no les entra en sus minúsculas viviendas. Hay días en los que el teléfono no suena.
     Los sábados y domingos después de una siesta de pijama y orinal, tras una comida copiosa en la vajilla de festivos, ella se calza los zapatos nuevos y él se pone la chaqueta de los fines de semana. Caminan del brazo despacio hasta el café y si tienen mesa junto a la ventana, lo celebran. 
    Dos cafés con leche, un pacharán y todos los periódicos del día y si llevan suplemento cultural mejor. De vez en cuando, uno de los dos levanta la cabeza del papel y echa una ojeada a través del cristal para ver cómo discurre la vida y el caminar de esa ciudad que se deja mojar los pies por el Cantábrico.

viernes, 24 de febrero de 2017

Una de jóvenes

Ahora que ya ha salido publicado en el blog que le corresponde, puedo hacerme eco y hablar de este libro. 
Aún no había comentado en este blog ninguna lectura de esas llamadas juveniles e iba siendo hora. Pero no puedo empezar sin decir lo que pienso de la literatura juvenil y todo lo que la rodea.
Por estar en contacto con niños y adolescentes, sé que las lecturas que nosotros, padres y profes les mandamos no les gustan o no les suelen gustar. Su primera reacción ante nuestras propuestas es de recelo y la verdad, muchas veces no me extraña . 
¿ Cuántas veces ignoramos sus gustos, sus vivencias ,  su capacidad lectora y simplemente recomendamos teniendo en cuenta nuestras lecturas, tirando de recuerdos - y lo que a nosotros nos gustó puede que ya esté un poquito desfasado- o recurriendo a lo más vendido? ¿Cuántas veces leemos "sus" libros para poder comentarlos con ellos, a pesar de saber como sabemos lo importante que es compartir lecturas ? 
Hay verdaderas joyas en esa " literatura juvenil e infantil". Sólo hay que dedicarle un tiempo. Y gracias a los hados, hay profesionales dedicados en cuerpo y alma al descubrimiento y fomento de esas lecturas.
En una librería con nombre de cuento "El bosque de la maga colibrí " se cuecen lecturas, se comparten, se ponen en práctica en aulas y dormitorios infantiles. Y también se reseñan en un blog: Bosque de lecturas.
Merece la pena pasarse y echarle un ojo. "El mar y la serpiente" de Paula Bombara es una joya que nos ha tocado la fibra y que ahí contamos ( en concreto, la cuento yo)
Y dice así :

El mar y la serpiente, Paula Bombara, editorial Milenio

“Se les miente mucho a los niños. Se les oculta y no se les escucha. Aún con las mejores intenciones, cuando un adulto oculta una verdad, siembra en el niño una interrogación. La pregunta va creciendo a modo de enredadera por el cuerpo”.

    Son palabras de Paula Bombara, tomadas de una de las entradas de su blog “Desde mi cristal”, al que he tenido que asomarme sí o sí tras la lectura de este libro.
¿Qué decir de este libro? Empezaré por lo más sencillo. Ocupa poco espacio, es barato, y apenas son cien páginas de letra generosa y mucho diálogo. Estos argumentos ya son de por sí valiosos a la hora de vender un libro a los adolescentes, niños y muchos adultos. Sólo con esto, El mar y la serpiente ya resulta atractivo.
    Además tiene una portada encantadora. Porque no nos engañemos: compramos, como comemos, con la vista;  y la imagen en blanco y negro – sólo destacan en color las palabras que forman el título- de una niña pequeña leyendo un libro, nos atrae.
      Es Paula, la autora. Ella misma dice en su blog, que en ese momento que capta la imagen tendría unos cinco años y que está en camisón. Nos cuenta que en aquella época se despertaba de muy mal humor y lo primero que hacía era leer un rato. Su mamá le colocaba una taza de leche en la biblioteca y allí la dejaba hasta que se le pasaba la “mufa”, que en Argentina significa “mal humor o mala disposición de ánimo”.
      En esta fotografía, Paula lleva el pelo muy cortito, como su madre se lo cortó, a lo chico, en un intento de cambiar su imagen cuando huían de un peligro muy real pero del que ella no sabía nada. Y la biblioteca en la que está, sentada en una silla más grande que ella, Paula tenía acceso a todos los libros infantiles que habían sido prohibidos durante el periodo de la dictadura argentina del 76.

      Se les miente mucho a los niños. O se les oculta la información o no se les escucha. Y la información es poder y sólo lo que se nombra existe. Ahí está parte de esta novela autobiográfica, que yo creo que es imprescindible.
     Paula tiene tres años recién estrenados  cuando su papá un día, sin más, no vuelve a casa. Su mamá, sus abuelos, todos los adultos que la rodean le ocultan, o creen que lo hacen, la verdad. Pero ella, niña pero no tonta, intuye que hay algo más. Y les sigue el juego.
“Mamá tiene los ojos con agua. Pero no llora.
Mentira.
Llora. Pero para adentro.”
“Los abuelos también lloran para adentro. Y cuando les cae agua de los ojos se van al baño. Cuando me miran, se ríen de mentira. Yo también sé reírme de mentira. Cuando me río, la abuela se calma. Abraza a mamá. Mamá se calma. Me río más.”
   Así comienza la huida de Paula y su madre por distintas zonas de Argentina, hasta asentarse en Buenos Aires. Su papá ha desaparecido por oponerse a un régimen dictatorial, por querer cambiar las cosas para su hija. Y su mamá y ella están en el punto de mira, llegando incluso a ser secuestradas ambas un par de años después.
     El mar y la serpiente tiene tres partes, tres puntos de vista que se corresponden con las distintas formas que tiene de ver las cosas su protagonista, según va creciendo. La vida, como las lecturas, cambian según vayan cambiando los contextos y así se ve en esta novela. Está la visión de la niña chica; está la perspectiva de una adolescente de 12 años que interroga a su madre sobre un pasado del que recuerda poco y sufre porque cree que a su padre no le importaba lo suficiente; y está la joven que asume su realidad, que la enfrenta y la convierte en palabras, porque
Si algo me ha gustado sobre manera, es la parte de Paula niña. Me parece muy difícil ponerle voz a un niño pequeño. No me suelen resultar creíbles los niños en las narraciones. Su modo de pensar, de actuar, de preguntar acaban muchas veces por estar viciados de los usos de los adultos. Olvidamos con demasiada facilidad cómo era eso de ser niño. Más su voz.
    Pero Paula niña habla. Con frases cortas, con preguntas claras, con sentimientos concretos. Le duele la panza cuando siente tristeza, se aferra a lo que conoce y le asustan los cambios, confía en su mamá y la cuida y la engaña con risas, cuando los ojos de esta se llenan de agua. En su mundo “Papá se perdió pero va a volver. Porque los grandes saben los caminos”.
    Es una novela sencilla pero no por ello menos intensa. Relata sin dramatismo y demagogias. Es sana. Y gusta.

jueves, 23 de febrero de 2017

Siempre hemos vivido en el castillo


      En la ciudad en la que vivo, como en toda ciudad que se precie, la vida, las herencias o las situaciones familiares han dejado unos cuantas casas abandonadas, a medio caer, rotas por dentro y por fuera. 
     Esas casas siempre me han generado una mezcla de miedo a lo desconocido, tristeza por una vida que ya no se vive, angustia por ver su estado... Gracias a una imaginación generosa me he inventado vidas y familias y dramas y muchos misterios en torno a esas paredes desvencijadas y grises. 
        Una de esas casas, grandiosa en el pasado, supongo, y tremenda en el presente, está en mi camino de todos los días. A veces al pasar junto al muro que la rodea puedo llegar a imaginar que alguien ajeno al mundo real mira desde una de sus ventanas sucias, rotas y observa a los que corremos de un lado a otro, imaginando cómo será eso de vivir en sociedad, olisqueando el aire de la calle. No hablo de okupas sino de antiguos propietarios que se han negado a abandonar las paredes que les vieron nacer, reír y sufrir; que han preferido morir a ojos de todos porque se les han muerto sus amores; que han enarbolado la locura como bandera.
      Pues de algo así va este libro de Shirley Jackson, "Siempre hemos vivido en el castillo". De muerte, de locura, de fantasía,  de secretos y odios, de intolerancia hacia lo que no se entiende, de asedios a los que creemos más débiles,  de amor fraterno, de juicios sociales, de casas con vida propia, de jardines ocultos...
     Dos hermanas y su tío, enfermo y dependiente, viven aislados del resto del pueblo. Seis años han transcurrido desde un terrible suceso que cambió sus vidas y la percepción que  los vecinos tienen de esta curiosa  familia. Recluidos en su casa no necesitan a nadie y eso genera recelos, desconfianzas y situaciones incómodas. Hasta que un día las cosas cambian. ( Y hasta aquí puedo contar)
     Es una novela entretenida, aunque me esperaba algo más de ella por las críticas que había leído . Me ha dejado con la sensación de que me faltaba algo más ,  de que no se me estaba contando todo.
Me quedo con el protagonismo de la casa , esa casa que ha acabado por inquietarme y que hará que mire con sospecha a ese caserón que me cruzo todos los días.